Marina Marroquí
Educadora social y experta en violencia de género
Marina Marroquí centró su intervención en una advertencia especialmente preocupante: los menores empiezan a tener acceso a la pornografía en torno a los ocho años y, a los doce, muchos ya la consumen de forma habitual. A partir de este dato, explicó que esta es una generación en la que la pornografía no siempre se busca, sino que muchas veces «les encuentra» a través de redes sociales, videojuegos, memes, grupos de mensajería o contenidos aparentemente inocentes.
La ponente defendió que la respuesta no puede limitarse a prohibir o desconectar, sino que debe basarse en educar y preparar. Para ello, insistió en la necesidad de «trabajar desde la infancia la autoestima, el pensamiento crítico, la empatía y la inteligencia emocional». Según señaló, una autoestima sana permite a los jóvenes decir «no», resistir la presión del grupo y abandonar situaciones en las que no se sienten cómodos.
Marroquí también alertó sobre la educación diferenciada que reciben niños y niñas, ya que a ellos se les suelen atribuir cualidades como la fuerza o la valentía, mientras que a ellas se las valora más por su belleza o buen comportamiento. Esta diferencia, advirtió, «puede construir en muchas chicas una autoestima externa, basada en gustar y complacer».
En su discurso, distinguió entre sexualidad, educación sexual y pornografía, y subrayó que «el porno al que acceden muchos menores no tiene que ver con el sexo, sino con la violencia». Por ello, reclamó hablar de estos temas sin miedo, frenar el primer contacto y enseñar a diferenciar deseo, consentimiento y agresión.
Finalmente, apeló a la responsabilidad de familias, docentes y sociedad para acompañar a los jóvenes en una realidad digital compleja.
