Los niños no necesitan madres o padres perfectos, sino adultos presentes

Por Coni La Grotteria
Directora pedagógica de la Escuela Infantil Ituitu en Valencia

Ser madre o padre hoy puede sentirse como vivir bajo una lupa, bajo una mirada constante cargada de juicios. Recibimos consejos, pautas y fórmulas milagrosas por todas partes: en los libros, en los medios, en el parque, a la salida de la escuela y, sobre todo, en las redes sociales. Vídeos de menos de un minuto que prometen explicar cómo criar bien a nuestros hijos e hijas. Y, casi sin darnos cuenta, muchas familias conviven con una sensación incómoda y persistente: ¿lo estamos haciendo bien?
Quizá porque hemos empezado a creer que educar consiste en no equivocarse. Y esa creencia, más que ayudarnos, nos paraliza. La realidad en casa suele ser muy distinta: las prisas de la mañana, la rabieta en el supermercado, el llegar a casa con el cansancio acumulado y sentir que la paciencia ya no alcanza. O ese instante en el que nuestro hijo o hija nos enseña un dibujo y seguimos mirando el móvil sin darnos cuenta. Y ahí aparece la culpa, esa compañera silenciosa de tantas familias. Pero quizá la pregunta importante no sea si somos perfectos, sino qué tipo de familia queremos ser y qué huella queremos dejar.
Los niños y niñas no necesitan adultos perfectos. Necesitan adultos presentes. Adultos disponibles, capaces de sostener una crianza desde el vínculo y el respeto. Y conviene aclararlo: presencia no es pasividad. Los límites, las rutinas y el acompañamiento siguen siendo necesarios, pero nacen desde la conexión, no desde la ansiedad. La diferencia no está tanto en lo que hacemos, sino en desde dónde lo hacemos.
Estar presente es sentarse en el suelo a mirar ese dibujo aunque la cena esté a medias. Es escuchar un «mira, mira» por tercera vez como si fuera la primera. Es acompañar una rabieta sin interpretarla como un fracaso personal. Es poner un límite con calma, no porque tengamos el manual perfecto, sino porque conocemos a nuestro hijo o hija y queremos orientarle. También es decir: «perdona, no tendría que haber reaccionado así» o «hoy estoy cansado». Ahí se abren espacios de diálogo, de empatía, de encuentro real. Relaciones honestas.
Educar con presencia es también educar en valores. Cuando validamos sus emociones, cuando utilizamos un lenguaje cercano y respetuoso, cuando somos coherentes entre lo que pedimos y lo que mostramos, les enseñamos a escucharse, a reparar y a relacionarse con los demás. Porque no se trata de hacerlo perfecto. Se trata de estar. Estar cuando se caen, cuando se enfadan, cuando todo va bien y también cuando nada sale como esperábamos. En un día a día lleno de prisas y pantallas, parar y estar de verdad es casi un acto de resistencia. Y también, una elección.
A veces no hacen falta grandes cambios. A veces basta con mirar, escuchar y detenerse unos minutos sin prisa. A veces basta con estar disponibles cuando nos buscan.
¿Pueden encontrarte cuando te necesitan? ¿Se sienten mirados, escuchados, sostenidos? No hace falta llegar a todo. No hace falta hacerlo perfecto. Hace falta estar presente.