La transición de niño a adolescente, una etapa compleja

Carmen Esteban

Máster en Psicología y Psicopatología Infantil y Perinatal

La adolescencia suele estar cargada de estigmas. En ocasiones se tacha a los adolescentes de rebeldes, inmaduros o egoístas. Sin embargo, en esta etapa también afloran valores admirables como la resiliencia, la lucha por la amistad y el deseo profundo de independencia. Es una etapa compleja, sí, pero también una oportunidad de crecimiento si logramos mirarla desde otra perspectiva.
Los adolescentes pueden compararse con alguien que acaba de obtener el carné de conducir: tienen miedo, dudas, pero también muchas ganas de autonomía. Necesitan que los adultos estemos a su lado, como copilotos, guiándoles, marcándoles los límites, pero sin quitarles el volante. Aunque su aspecto físico se aproxime al de un adulto, su desarrollo cerebral y emocional aún está en proceso.
Vivimos en una sociedad hipersexualizada que acelera esta transición y, con las redes sociales, esa presión es aún mayor. Eso nos lleva a exigirles comportamientos adultos sin tener en cuenta que, neurológicamente, siguen siendo adolescentes. En esta etapa, el cerebro pasa por un proceso de poda sináptica, reorganizándose y desechando aprendizajes que ya no considera útiles. Por eso, en ocasiones, los padres sienten que ya no reconocen a sus hijos.
Es crucial respetar sus intereses y no forzar el abandono de actividades que les aportan identidad. Aunque los adultos ya no seamos su grupo de referencia, seguimos siendo sus referentes. La adolescencia también es clave en la salud mental: más de la mitad de los trastornos se inician en esta etapa, pero a menudo pasan desapercibidos porque se normalizan. Los adultos debemos estar atentos en todo momento, sin minimizar las señales de alarma que nos alerten. En este proceso somos su suelo: aunque nos ignoren, les damos apoyo y estabilidad.