El arte de enseñar a pensar en un mundo de ruido

Por Mari Carmen Molás
Psicóloga del Deporte, Actividad Fisica y de la Salud, y vicedecana del Colegio Oficial de Psicología de la Comunitat Valenciana

Vivimos en una era de estímulos constantes en la que el bombardeo de datos es tan rápido que apenas deja tiempo para poderlos procesar. Un contexto en el que fomentar el pensamiento crítico es una herramienta que vendrá muy bien a nuestros hijos a nivel emocional y social. El objetivo es aprender a mirar bajo de superficie, cuestionar la realidad con curiosidad y confiar en su propia iniciativa antes de dar por sentado todo lo que brilla en una pantalla.

Lo primero que hay que proteger es su curiosidad natural. Los niños exploran por naturaleza pero, a veces, con las prisas del día a día, cometemos el error de dar respuestas cerradas para no alargar una situación. La próxima vez que tu hijo te pregunte por qué el cielo es azul o por qué aquel señor grita, prueba a devolverle el interrogante con un «tú por qué crees». Es una técnica de espejo que servirá para activar sus engranajes cognitivos y les otorga la cualidad de pensar. También vale si su respuesta es fantástica, lo valioso es el proceso de introspección y que sientan que valoramos su opinión.

Enseñar a reflexionar también implica aceptar que el error forma parte del juego. En la experiencia clínica, hay muchos pequeños paralizados por el miedo a equivocarse, circunstancia que anula cualquier intento de pensar de forma autónoma. Si creamos un ambiente donde el fallo es una oportunidad de aprendizaje, el niño se sentirá seguro para probar soluciones creativas a problemas cotidianos. Si se le rompe un juguete, en lugar de correr a comprar otro, podemos preguntarle qué herramientas cree que necesitará para arreglarlo. Al involucrarlo en la resolución de problemas, estamos reforzando su autonomía y su autoestima de forma práctica.

La conciencia mediática es otro pilar fundamental en los tiempos que corren. No hace falta dar una clase magistral sobre algoritmos, pero sí podemos analizar junto a nuestros hijos los anuncios de la televisión o los titulares de las noticias. Podemos jugar a las diferencias comparando cómo dos fuentes diferentes cuentan una misma noticia, ayudándoles a detectar exageraciones o intenciones ocultas. Se trata de enseñarles a ser consumidores conscientes que no se tragan el anzuelo a la primera. Es un entrenamiento gradual que les prepara para discernir entre la verdad y la desinformación con naturalidad.

Por último, tengamos presente que somos sus principales referentes. El pensamiento crítico se contagia más que se enseña. Se practica por imitación. Si nos ven pensativos, comparando opciones en el supermercado o, lo más importante, cambiando de opinión cuando recibimos nueva información, les estamos dando la mejor lección de flexibilidad mental.

Reconocer ante ellos que no lo sabemos todo es un acto de honestidad que humaniza y libera de la presión de tener que ser infalibles. Al final del día, educar a una persona capaz de pensar por sí misma es el mejor regalo que podemos hacerle pensando en su futuro y, sobre todo, en la sociedad en la que tendrán que desenvolverse.