Cordelia Estevez
Psicóloga del Centro CARES
Cuando hablamos de inteligencia emocional nos referimos a la capacidad de reconocer y manejar nuestras emociones, conectar con los demás, motivarnos y relacionarnos de manera efectiva. Esta habilidad es fundamental para afrontar las adversidades de la vida, por lo que es esencial fomentarla desde la infancia.
La educación emocional es un proceso educativo continuo y permanente que potencia el desarrollo emocional, complementando al cognitivo, ya que ambos deben ir de la mano. Las competencias emocionales se desarrollan a través de las relaciones y experiencias durante la infancia: familia, amistades, colegio, y también mediante situaciones de éxito o fracaso. Estas vivencias ofrecen la base de la educación emocional.
Desde la familia, la herramienta clave para mejorar la inteligencia emocional es el modelado, es decir, actuar como ejemplo claro de regulación emocional y resolución de conflictos. Los niños observan a los adultos para entender qué sienten y cómo gestionarlo. Validar sus emociones, ayudarles a nombrarlas, ofrecer herramientas eficaces para gestionarlas y fomentar emociones positivas también son pasos esenciales. Además, es importante brindar oportunidades para que aprendan a resolver conflictos de forma asertiva y desarrollar la empatía, tanto comprendiendo las emociones ajenas como sintiéndolas y regulándolas. Las rutinas y límites también son claves, ya que les enseñan que el entorno tiene normas y favorecen la autorregulación.
Educar emocionalmente desde la infancia es crucial porque los niños con mayor inteligencia emocional son más resilientes, afrontan mejor los desafíos y se adaptan con mayor facilidad a los cambios. Esta capacidad favorece el bienestar psicológico, previene trastornos como la ansiedad y ayuda a construir una sociedad futura más equilibrada, solidaria y saludable.
Educar las emociones es una apuesta segura para el presente y el futuro de nuestros hijos.