Psicóloga experta en familia
Uno de nuestros mayores desafíos como padres es guiar a nuestros hijos desde la obediencia infantil hacia la plena responsabilidad adulta. Serán ellos quienes, en las diferentes etapas del desarrollo, irán mostrando una mayor necesidad de tomar sus propias decisiones aceptando las consecuencias, y es nuestra labor ver, en función de la edad y de las características personales y contextuales de nuestros hijos, que decisiones y conductas les permitimos realizar, y qué límites ponemos para garantizar que puedan vivir cada etapa con seguridad y dignidad.
Favorecer la adquisición gradual de responsabilidad desde la infancia pasa por aprender a poner límites a su conducta de tal forma que, ni sean tan pocos que causen desprotección, ni tantos que no exista libertad alguna. Pensemos que un adolescente puede ser perfectamente autónomo y hacer lo que toca en cada momento y no ser responsable si todo lo hace porque no le queda otra o porque no ha podido desarrollar ninguna capacidad crítica ante lo que se le pide hacer, haciéndolo sin más. Si esto sucediera, difícilmente cambiará de un día para otro y hemos de tener en cuenta que no somos ni seremos las únicas figuras de autoridad en sus vidas, y que de ningún modo podemos saber quiénes serán sus futuras figuras de autoridad. Hay ejemplos dramáticos de adultos desresponsabilizados haciendo atrocidades en la vida real obedeciendo órdenes como en el Holocausto, y también en simulaciones experimentales -como el experimento de Milgram-, que ponen los pelos de punta.
Sin libertad no puede haber responsailidad. Los padres, entorpecemos el camino de adquisición de responsabilidad cuando no ajustamos la libertad que damos a nuestros hijos, a sus características -por ejemplo infantilizando o menospreciando su capacidad-. También cuando negamos esa libertad por miedos personales, es decir, porque somos nosotros los que no estamos dispuestos a aceptar las consecuencias. Así, metemos la chaqueta en la mochila para que no pasen frío, o hacemos jornadas maratonianas de deberes con ellos para que no suspendan. Desresponsabilizamos también cuando exigimos e insistimos en exceso. Este tipo de comunicación pide obediencia, y cuando deciden en base a nuestra exigencia, la percepción de nuestros hijos es que la responsabilidad recae en nosotros. De ahí que luego muchas veces nos culpen de las consecuencias (a pesar de que decidieron ellos).
Podemos ayudar a nuestros hijos a ser y sentirse más responsables, cuando son pequeños, dando opciones limitadas. A partir de una cierta edad, podemos usar la negociación. Que nuestros hijos sean buenos negociadores no es cómodo, pero es bueno. Que nos pongan entre la espada y la pared, nos obliguen a argumentar mejor e incluso hagan que nos replanteemos las cosas que decimos porque quizá estamos vomitando las palabras de nuestros padres (esas que nos tragamos sin masticar), es incómodo, … pero es bueno. Para ellos y para nosotros. ¡Todos crecemos! Y, por último, podemos hacer un traslado total de responsabilidad en determinados temas, adaptado a la edad: el tú mismo de toda la vida. Qué miedito.
