Vicenç Arnaiz Sancho
Psicólogo infantil
Gael tiene 6 años. Quizás nunca ha visto un partido del Barcelona, pero continuamente oye hablar de Lamine Yamal, un superhéroe, un dios que no necesita cielo.
Gael aprovechaba cualquier oportunidad para chutar y anotar goles estratosféricos. Una repetición sin fin. No necesitaba equipo ni público. Un balón le permitía convertirse en estrella. Pasaba horas solo, marcando más goles que nadie. La fantasía hecha movimiento lo empoderaba y se sentía más prodigioso aún. Inmerso en esta ceremonia mágica, renunciaba a las relaciones.
Cuando me preguntan cuál es mi trabajo, lo resumo coloquialmente: “Soy explorador de secretos”. Viendo a Gael tan obsesionado con marcar goles imaginarios, intuí que tanta insistencia escondía algún enigma. Los secretos pugnan por liberarse, aunque evitan quedar a la intemperie y esperan a ser acogidos con ternura.
Con los años he aprendido a acercarme, a preguntar y a hacer silencios. A los pocos minutos, Gael me revelaba: “Juego a chutar porque así no pienso cosas feas. Si no, pienso que tendremos un accidente, que no tendré amigos, que quedaré abandonado…”.
¡Qué mochila tan pesada! Chutar para mantener acorralados a los monstruos: haciendo como Lamine, deviene un superhéroe que no teme a nada, ni a la amenazante soledad que siempre acecha.
Había compartido su secreto conmigo. Ahora teníamos que alejarnos del sufrimiento dejando los ogros controlados.
Pregunté: “¿Qué debe de hacer Lamine cuando se acaba el partido?” Él, habitualmente hablador, quedó en silencio, desconcertado. No podía imaginar a su ídolo sin pelotear.
Necesitaba ayuda para ir más allá de la imagen del ídolo. Le urgía saber crear un relato: “¿Sabes que les dan unos masajes para facilitar la recuperación física? ¿Lo hacemos?” Así aparecía el bienestar porque la mano que narra es curativa.
“¿Estás bien?, ¿te gusta?” Su expresión lo decía todo.
“Y después del masaje ¿qué debe de hacer Lamine? ¿Se quedará a dormir en el campo de fútbol?” Gael no podía imaginarlo vestido de calle. Necesitaba ayuda para seguir construyendo relato. Estaba cautivado por la imagen de su deidad, pero las imágenes son mudas. Las imágenes sin narración generan pobreza imaginativa. La narración creativa sobre todo es curativa. Al no saber narrar no podía regular su interioridad.
El márquetin nos llena el imaginario con hechizos al servicio del negocio. La interioridad de Gael no tenía magia propia y por eso le quedaba fuera de control. Mi intención era ayudarlo a construir sus relatos. Las historias son despensas de experiencias, de proyectos, de promesas y deseos, de amistades, de reparaciones, etc. Los modificamos una y otra vez. Los relatos poseen la magia de la reparación. Son la cuna de la esperanza porque con ellos nos decimos el futuro y podemos ensayar la vida.
Lo acompañé a crear una historia, Gael sugirió que Lamine había invitado a un amigo a cenar, imaginó el menú y la conversación: ambos amigos hacían planes con otros.
Cuando le pareció suficiente, se levantó sumándose al juego que tenían montado los compañeros: unos hacían de mayores que cuidaban a quienes hacían de pequeños.
Yo no recordaba haberlo visto jugando en grupo.
Fue su primera experiencia de gobernanza sobre monstruos con el relato como recurso.
