Enrique Castillejo.

Educar sin miedo

Enrique Castillejo
Presidente del Colegio Oficial de Pedagogos y Psicopedagogos CV

Educar sin miedo es un eslogan que, en los últimos años, se ha estado utilizando de manera insistente hasta la saciedad. Y como valor absoluto, nadie puede estar en contra, es más, todos deberíamos estar a favor, trabajar por ello y defenderlo como un axioma tanto en el sistema educativo como en las familias como en la sociedad en general. El problema viene cuando la frase se utiliza, se retuerce y se manipula. En otras palabras, cuando, por una parte recibe la acostumbrada carga ideológica, a su vez, se convierte en una posición política que será utilizada con el objetivo de separar más que unir, llega a la sociedad donde de educación sabe todo el mundo, la acoge el sistema educativo sin encomendarse a nada más que a las creencias y experiencias personales de los legisladores y llega, finalmente, a las familias y a los alumnos que, confundidos por todo lo anterior, creen que cuando no se les da la razón, cuando reciben alguna orden, les entregan una amonestación, no tienen la atención exacta que esperan o cualquier situación análoga a las anteriores, entonces se destapa la caja de Pandora, la ira de los dioses, y se exhibe el maniqueo argumento de educar sin miedo porque lo contrario es educar con él. Y nada es tan incierto, ni tan peligroso, ni tan malintencionado que una media verdad.
¿Qué es educar sin miedo? No crean que en menos de quinientas palabras es sencillo. Para conseguirlo vayamos al final, diferenciar entre miedo y temor. Yo no debo tener miedo, pero sí temor a las consecuencias de mis actos. Es decir, si soy consciente de los límites de mi conducta, y, por tanto, sé que hay límites y cuáles son, sabré adaptarme a la sociedad que me ha acogido, primer objetivo de la educación. Si, además, reconozco que la sociedad hace un esfuerzo importante, a través de sus impuestos y me siento en la obligación de devolverlo con mi esfuerzo y dedicación, estaré cumpliendo un segundo objetivo; ser productivo en la sociedad. Si, además, comprendo que el mismo derecho tiene el resto a vivir sin miedo y, por tanto, aprendo a tratar con respeto, se estará cumpliendo un tercer objetivo de la educación; ser solidario y democrático. Si, además, contrasto la información, creo una opinión argumentada, la discuto con los oponentes, en el respeto a la libertad e intentando aprender del resto, estaremos cumpliendo otro gran objetivo de la educación; el aprendizaje de los valores sociales.
Y si todo esto lo hacemos a partir de un sistema educativo diseñado técnicamente por expertos, alejado de todos los condicionantes impropios, podremos soñar en una educación fundamentada en los valores sociales, la gestión propia de los límites, respetando tanto nuestro entorno como al resto de nuestros iguales. Soñaremos con alumnos, padres y docentes compartiendo, cada uno dentro de sus responsabilidades, los objetivos comunes. Formaríamos una sociedad justa, democrática y sobre todo más feliz. Si se fijan, en definitiva, es educar en la felicidad. Pero no se lo tomen como una expresión ñoña. Es una necesidad imperiosa. Para otra ocasión quedará analizar las dramáticas consecuencias sociales de la infelicidad y su insostenible coste económico. Educar sin miedo sí. La manipulación no.