Por Myriam Pérez Navarro
Terapeuta ocupacional, especializada en infancia y neurodivergencia, y fundadora del centro de terapia ‘play’
En los últimos años, cada vez más familias sienten que criar se ha convertido en una carrera de obstáculos. Rutinas, normas, exigencias académicas, comparaciones… Todo parece empujar hacia un mismo objetivo: que los niños encajen. Pero ¿y si estuviéramos mirando en la dirección equivocada? Criar no debería ser un proceso de corrección constante, sino un camino de descubrimiento.
Los espacios como los encuentros de Creciendo Juntos nos recuerdan algo fundamental: educar es una tarea compartida. Familias, colegios, profesionales y comunidad formamos parte de una red que influye directamente en el desarrollo de la infancia. Y en esa red, hay una idea que necesita ganar fuerza: cada niño no solo tiene dificultades, también tiene talentos. Y muchas veces, ambos vienen de la mano.
En consulta, en Play, centro de terapia ocupacional, vemos a diario niños etiquetados por lo que «no hacen bien»: no se concentran, no comen variado, no toleran la ropa, no siguen el ritmo del aula… Pero cuando cambiamos la mirada, empiezan a aparecer otras realidades: una sensibilidad extraordinaria, una creatividad desbordante, una forma única de entender el mundo…
La neurodivergencia no es un problema a eliminar, es una forma distinta de procesar, sentir y aprender. El gran reto de la crianza no es «normalizar» a los niños, sino comprenderlos. Y, para eso, necesitamos espacios donde las familias puedan escuchar, preguntar, compartir y sentirse acompañadas. Precisamente ahí radica el valor de iniciativas como estos eventos: acercar el conocimiento de expertos, pero también humanizar la crianza, hacerla más consciente y más respetuosa.
Porque cuando una familia entiende lo que hay detrás de una conducta, deja de luchar contra el niño y empieza a caminar con él. Y es en ese cambio donde ocurre algo poderoso: el talento emerge.
Un niño que se mueve constantemente puede estar mostrando una necesidad motriz que, bien acompañada, puede convertirse en una gran habilidad corporal.
Un niño selectivo con la comida puede tener un perfil sensorial que, comprendido, permite avanzar sin forzar. Un niño que parece «desconectado» puede estar procesando la información de una manera más profunda. No se trata de dejar de intervenir, sino de intervenir mejor. Con sentido. Con respeto. Con conocimiento.
Criar desde el miedo al «no llega», limita. Criar desde la curiosidad por «quién es», transforma. Por eso es tan importante generar cultura de crianza, crear espacios donde las familias puedan acceder a información clara, práctica y basada en la evidencia, pero también donde puedan sentirse validadas. Porque no hay familias perfectas, pero sí familias que, cuando comprenden, pueden acompañar mucho mejor.
Y acompañar mejor no significa hacerlo perfecto, sino hacerlo con mirada. Quizá el cambio no está en exigir más a los niños, sino en aprender a verlos de otra manera.


